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La manipulación sentimental y el proceso de Lieja (Bélgica)

autor: Admin

categoría: Testimonios

Abierto a todos los lectores

 

 

 La manipulación sentimental de Ich Klage An  -haga click en el  enlace del título-  me ha traído a la memoria el proceso de Lieja, hace ya casi medio siglo y he localizado dicho proceso enlos facsimiles de  La Vanguardia en pdf:

 

Caso Corinne Vandeput transcrito de las ediciones facsímiles de La Vanguardia Española  del 8 al 11 de Noviembre de 1962

 

8 de Noviembre de 1962

 
«No vimos otra solución que dar muerte a la niña», dice el padre de Corinne Vandeput LIEJA (BÉLGICA),
 
 (CRÓNICA DE LA AGENCIA EFE, TRANSMITIDA POR TELETIPO, EXCLUSIVA PARA «LA VANGUARDIA».)
 
Gritos horrorizados se han podido escuchar en la penumbra de la sala del tribunal que juzga a una madre, a otros tres familiares y a un médico, cuando un especialista en patología mostró los retratos de niños deformados por la «thalidomide».
 
La multitud que asistía a la vista del proceso contra Suzanne Coipel Vandeput, y los demás complicados, por dar muerte a su hija de siete días, Corinne —que sufría deformaciones congénitas a consecuencia de haber ingerido la madre durante el embarazo la droga «thalidomide», con el nombre de «Sottenon»— pudo ver fotos proyectadas sobre una pantalla en las que se mostraban niños que carecían de extremidades y otras deformaciones, como manitas que nacen en los hombros o enormes cabezas que apenas se sostienen sobre un tronco endeble.
 
Se produjo una impresión terrible en la sala cuando el doctor especialista anunció que la cuñada del médico acusado de complicidad en la muerte de la -niña, Jacques Casters, había dado a luz un niño la pasada noche que tenía deformaciones en los brazos a consecuencia también de la «thalidomide».
 
 El defensor del doctor Casters ha informado que las deformaciones de este niño eran menos graves que las de la hija de la señora Coipel Vandeput, quien había envenenado a la pequeña Corinne.
 
Aplausos al Doctor Casters
 
El tribunal acusa a Suzanhe, que tiene 25 años de edad, de dar muerte a su hija Corinne, después de que el consejo de familia lo hubiera decidido. Este estaba compuesto del marido de Suzanne, Jean, de 35 años; su hermana Monique, de 26, y su madre, de 50 años. El doctor Casters, de 33 años, intervino también en este acto piadoso, pero criminal, con sus consejos y asesoramientos.
 
El presidente del tribunal ha mandado desalojar la sala al prorrumpir el público en una prolongada salva de aplausos ante la siguiente manifestación del doctor Casters: —Si yo hubiera sido el único en saber la causa de la muerte, hubiera certificado "muerte natural». Sin embargo, en el certificado de defunción, el doctor Casters escribió «muerte violenta».
 
El profesor Hoet declaró que antes de 1959, sólo uno o dos de cada 200.000 niños mostraban signos de deformaciones congénitas similares a las de las quo causa la «talidomida».
 
Después de 1959 ha habido ciertas regiones del mundo en que un niño de cada cien ha nacido con deformaciones.
 
La niña no hubiera sobrevivido mas de dos años
 
El doctor Hoet agregó que la niña envenenada prácticamente no hubiera sobrevivido más de uno o dos años, por los grandes defectos orgánicos que padecía.
 
Otro médico, el doctor Edouard Weeits, que asistió al nacimiento de Corinne el pasado mes de mayo, ha negado que hubiera dicho a Monique, hermana de Suzanne, «no puedo hacer nada, hágalo usted misma», cuando ella le rogó que diera muerte a la recién nacida. El doctor Weerts ha declarado que la abuela de la niña, Fernanda de Copipe, le pidió que le diera muerte, y él contestó: «Sólo puedo decirla que no puedo matar, no debo matar. El día que un médico da muerte a alguien, deja de ejercer su profesión.»
 
 Los abogados defensores han sostenido un altercado con el presidente del tribunal sobre la cuestión de si Jean de la Mark, que fue quien proporcionó la miel que mezclada con una droga produjo el envenenamiento de la desgraciada niña, debería encontrarse entre los abusados.
 
En principio fue acusado también de complicidad, pero más tarde fue puesto en libertad y su procesamiento sobreseído.
 
El presidente del tribunal afirmó que no había deseado «amentar «ad-infinitum » la lista de las personas procesadas.
 
Jean Vandeput ha declarado ante el tribunal que él estaba de completo acuerdo con la decisión, puesta en práctica, de toda la familia de dar muerte a la pequeña Corinne.
 
Como respuesta a una pregunta de un abogado defensor, Jean 'dijo: «El único pensamiento de Suzanne era evitar que la pobre criatura tuviera una vida martirizada.
 
No vimos otra solución.
 
La vista de este apasionante juicio —que pasará a los anales de los procesos criminales del mundo por estar rodeado de circunstancias sumamente humanas y piadosas— ha sido aplazada hasta mañana.
 
 — Fierre RATMOND.
 
9 de Noviembre de 1962
 
 Digna y ponderada intervención fiscal en el proceso de Lieja 
En un discurso de elevado alcance moral, el representante del ministerio público considera culpables de asesinato a los padres de la niña Corinne Vandeput LIEJA (BÉLGICA), 8.
 
(CRÓNICA DE LA AGENCIA EFE, TRANSMITIDA POR TELETIPO, EXCLUSIVA PARA «LA VANGUARDIA»)
 
Emocionante y sensata ha sido la intervención del fiscal León Cappuyns en la se sesión de hoy de la vista de la causa contra los cinco acusados en el caso, de la muerte de la recién nacida Corinne Vandeput.
 
El fiscal apeló a los miembros del Jurado a que pronunciasen el veredicto de culpables para la madre de la criatura sacrificada, Suzanne Vandeput y los otros cuatro acusados que se sentaban en el banquillo, entre dos guardias.
 
«Culpables del asesinato de la niña Corinne, de una semana de edad» —pidió León Cappuyns al Jurado
 
 El acusador del Ministerio Público, ante un silencio impresionante que reinaba en la sala de la audiencia de Lieja pese a estar abarrotada de personas, con voz dura y firme acusó a los cinco encartados de haber sentenciado, fría, deshumanizada y premeditadamente a muerte a una criatura inocente y de haberla ejecutado sin escrúpulos, El fiscal dijo qué aceptaba la teoría de que los cinco acusados habían actuado bajo «circunstancias excepcionales », pero añadió, seguidamente, que .«eran las únicas cinco personas que entre millares de gentes afectadas por la misma desgracia, habían actuado de esta manera».
 
Mi tarea es simple porque se que, la ley esta de mi parte
 
Cappuyns recordó al Jurado su compromiso de actuar en interés de la sociedad, y de no traicionar sus propias conciencias y después dijo: «Mi tarea es simple, porque yo sé que la ley está de mi parte.» «Estas cinco personas que se sientan frente a ustedes han alegado que habían procedido en beneficio de la niña Corinne al conspirar para poner fin , a su vida, sin embargo, —-subrayó el fiscal—, yo les digo a ustedes, que ellas no sabían, ni podían saber lo que el futuro le reservaba a la vida de esta criatura.» El señor Cappunys, tras una pausa, atacó a la Prensa belga e internacional por los artículos plañideros que acerca del caso sé habían escrito antes de que comenzase el juicio. A continuación y marcando con ironía las palabras, «felicito, por su «coraje» a Suzanne; Vandeput, por su «valor» en quitar la vida a su propia y desdichada hija.
 
Luego, dirigiéndose alternativamente al jurado, al juez y a la principal acusada, exclamó, con voz metálica y acento firme: —«pero nunca, se ha escrito una sola palabra acerca del coraje de millones de madres que han tenido niños enfermos y deformes. Madres —reafirmó— a las que nunca se les ha pasado por la imaginación la idea de terminar con la vida de sus hijos».
 
Un momento de intensa emoción
 
El ministerio público aceptó plenamente el testimonio de la defensa de que Suzanne Goipel de Vandeput había hecho todos los preparativos maternales que normalmente se realizan ante el nacimiento de un niño. Mas inmediatamente, agregó; __«en todo el sumario nadie puede encontrar un solo gesto de ternura ni de amor maternal por parte de Suzanne Goipel hacia su hija». —El fiscal, León Cappuyns, al llegar a este pasaje de la vista quedó unos instantes silencioso, casi suspirando y visiblemente emocionado, el letrado del ministerio, público, rompió este margen diciendo: —«Si existe un paraíso para los niños perdidos, yo estoy seguro de que la pequeña Corinne estará allí llorando de que la única sonrisa de amor que ella recibiera durante su corto paso por esta vida fuese la de su hermana Philomene». Un gran rumor se extendió por la sala tras este pensamiento en alta voz.
 
El fiscal volvió luego ante el jurado y puso de relieve que aparte de la falta de ambos brazos de la niña sacrificada, un completo reconocimiento médico «post-mortem» que se le había practicado demostró que la niña no padecía enfermedad alguna ni ninguna otra deformidad.
 
«Era —alegó— una preciosa niña rubia, muy, hermosa con bonitos ojos azules».
 
Admitiendo que, en efecto, la pequeña Corinne hubiera tenido enormes dificultades si su vida no hubiera sido cortada, recordó a la sala que luego la naturaleza humana se repone de estas deformidades natales y recalcó especialmente ante el jurado que hasta muy recientemente, uno de los más brillantes miembros del foro de Lieja había sufrido precisamente una deformidad similar a su nacimiento la cual no le impidió llegar a ser un abogado ejemplar.
 
Un veredicto de grandes consecuencias
 
Varias veces durante su intervención, el fiscal desmintió la suposición de la familia, el médico y el abogado de la familia encausada de que la niña no hubiera tenido una existencia feliz.
 
—«Suzane Vandeput, su familia, el doctor Casters siempre han estado repitiendo —prosiguió el fiscal Cappuyns— que el motivo de que se decidieran a dar muerte a la pequeña Corinne era el de que nunca hubiera gozado de una vida feliz. Yo creo agregó— que esta causa es completamente insincera.» Hizo observar a los miembros del jurado que todos los acusados —«quizá con la única excepción de Jean Vandeput, padre de la niña—, solo habían necesitado unos segundos para decidir que Corinne no debía vivir».
 
—«Si uno pudiese decidir en unos cuantos segundos sobre la vida o la muerte de otro ser humano, esa persona sería ya culpable de asesinato.» Esta afirmación la formuló el letrado con voz atronadora, que virtual y prácticamente, hizo estremecerse a todos y cada uno de los presentes en la sala de la audiencia de Lieja.
 
El acusador público advirtió a los miembros del Jurado que la absolución de la acusada tendría irreparables consecuencias» en la sociedad, «cuyo principio básico —dijo-— es no matarás"».
 
«¿Están dispuestas sus señorías a crear un terrible precedente? —anadió—.Tengan en cuenta que millares de madres, víctimas ellas y sus hijos de la «talidomida», tienen centrada toda su atención en el veredicto.»
 
Intervención de la defensa 
Numerosas personas que asistían al proceso, e incluso la propia madre, desde su banquillo de acusada, no han podido reprimir las lágrimas cuando el abogado defensor de la familia Vandeput describió, dramáticamente, lo que calificó de «calvario de la señora Suzanne Coipel-Vandeput».
 
«Creo que quería a su hija —dijo el defensor— y su acción se ha debido precisamente a que la quería.» Se cree que el proceso terminará el sábado o el domingo.—Ernest CALDWELL.
 
10 de Noviembre de 1962 
 París: El proceso de lieja y la quiebra de los valores morales curiosa mezcla de fariseísmo, sensiblería y desorientación
 
(CRÓNICA RADIOTELEGRAFICA DE NUESTRO CORRESPONSAL) PARÍS, 9. Por lo que tiene de folletinesco y parque se introduce entre dos concepciones de la moral, el proceso de Lieja se ha adueñado de la prensa y de comentario callejero. A muchos les parece fácil hablar de este horrible tema. Opinar con algún conocimiento de causa ya es más difícil. La poca o mala información en nuestro siglo de letra impresa constituye un fenómeno tan contradictorio como espectacular. Por el simple hecho de no ser analfabetos, muchos se  creen sabios. Sin preocuparse ni poco ni mucho por el profundo significado del proceso, el público que en Lieja asiste a los debates proclama su simpatía por las cinco personas acusadas de haber envenenado a la recién nacida Corinne Vandeput.
 
 Las circunstancias del drama
 Conviene recordar las circunstancias. La pequeña Corinne vino al mundo sin brazos y sin omóplatos. A guisa de extremidades tenia sendos muñones. Su rostro estaba lleno de manchas vinosas. Parecía tener un cerebro normal. Abuela, madre y tía decidieron envenenarla. El padre —hombre pasivo— no se opuso. El médico de cabecera recetó una dosis de veneno, poco después de enterrada, estallaba el universal escándalo del «Softenon» o «Thalidomide». La señora Vadeput había tomado dicho medicamento durante los primeros meses de su gestación. Pero ella misma ha reconocido que cuando entre mujeres decidieron suprimir al bebé, ignoraban que esa droga —motivadora de más de siete mil deformidades— fuese la causa de sus supuestos defectos cóngénitos.
 
 La caridad «auténtica»
 
Por lo que leo y oigo en emisiones diversas de radio, puede afirmarse que el público de de Lieja se empeña en que un proceso tan simple como horrible de eutanasia sea cargado en la cuenta de la droga fatal.
 
En París, la calle también se deja llevar por una doble corriente contusa que en muchos casos es elemental y en otros calculada. Entre estos últimos hay que situar a los periódicos marxistas. Uno de ellos —«Liberation»— titula a toda página: «El proceso donde se enfrentan una falsa moral y la auténtica caridad». ¡Los compañeros de viaje del marxismo-leninismo reivindican para ellos la caridad ¡auténtica! En grandes letras de molde aparece la Siguiente pregunta en la primera página del citado diario: «Dios ¿exige monstruos?...» El ataque contra la moral cristiana no puede resultar más evidente. Y no está menos claro el deseo de mezclar los dos asuntos para así adueñarse de un público tan desorientado como bobalicón.
 
El proceso de Lieja nada tiene que ver con el que ha de desarrollarse en Aquisgrán. Este último opone a los laboratorios que preparaban el «Softenon» contra los abogados que representan a las víctimas. En Bélgica se juzga Un infanticidio. Nada debe importar a los jurados —en calidad de tales— lo acontecido a causa del in- controlable alud de medicamentos tranquilizantes. Difícil les será partir de ese principio cuando continuamente los diarios relacionan una cosa con otra.
 
 La eutanasia no ha cambiado de nombre
 
Según pasan los días queda claro y patente que las tres mujeres de la familia Vandeput actuaron quizá por estremecedora caridad mal entendida; pero indudablemente —y dé manera principal— obraron impulsadas por su orgullo: no querían un tullido en la familia.
 
Existía —y ellas no lo ignoraban— una ínfima posibilidad de que Corinne Tiese más de uno o dos años. No habría tenido pues, ocasión de acusar a su madre (como argumenta ésta) responsabilizándola de sus sufrimientos. Mandaron las mujeres. Ellas lo urdieron todo medio a espaldas de un marido blandengue. Y una de estas mujeres —la abuela— convenció a un médico que, según los testigos que intentan defenderle, se pasaba de bueno para entrar por lo tanto en las brumas de la irresponsabilidad.
 
«Dura lex, sed lex». Durísima es la ley en muchos casos. Aun reconociendo atenuantes, los jurados de Lieja tienen que pronunciarse entre la culpabilidad y la inocencia. Si optan por aquélla, la pena no ha de ser inferior a tres años de cárcel. El médico, además, afrontará un proceso disciplinario ante sus colegas.
 
Han cometido un crimen. Un infanticidio. La eutanasia no ha cambiado de nombre. El instinto de madre —tal como nos recuerda un órgano de prensa vaticanista— debió pasar por encima de todo... — CARLOS SENTÍS.
 
 La defensa comienza su intervención en el sensacional juicio. El abogado del doctor Casters sienta su alegato en bases muy sentimentales, pero poco jurídicas
 
LIEJA, (CRÓNICA DE LA AGENCIA EFE, TRANSMITIDA POR TELETIPO, EXCLUSIVA PARA «LA VANGUARDIA»)
 
La vista de la causa contra Suzanne Coipel de Vandeput y otros cuatro encartados acusados de la muerte de la niña Corinne Vandeput, ha llegado hoy a una situación de tensión en la Audiencia de Lieja cuando el abogado defensor del doctor Jacques Casters, Jacques Henry, dirigió a la sala una dramática petición de clemencia para su cliente.
 
Henry, que es amigo del médico acusado de complicidad en el sacrificio de la pequeña que nació con ambos brazos atrofiados, desde la niñez de aquél, dijo: —«Jacques Casters —se lo aseguro a ustedes— no puede ser juzgado por doce hombres coléricos, sino por doce serenos y moderados ciudadanos.» Después, dirigiéndose de nuevo al jurado, el letrado de la defensa del médico, manifestó: —«Los caballeros del Ministerio Fiscal les han pedido a ustedes que consideren culpable a mi cliente, pero yo les pido a que lo absuelvan.
 
Ustedes saben, tan bien como yo, que en francés el verbo absolver (acquitter) significaba también satisfacer una deuda. Pues bien; el doctor Casters ya ha pagado con exceso esta deuda con los cinco meses que ha permanecido detenido*» Tras haber puesto de relieve la situación especial de un jurado en casos criminales, en los cuales no hay apelación y el veredicto es definitivo, Henry advirtió a los doce jurados: «Vuestra voz será la voz de nuestra ciudad, de nuestra providencia y de nuestra patria. Es vuestro deber no juzgar a mi defendido por lo que cuente en el expediente. Debéis juzgarle sólo por el sufrimiento humano.» «El doctor Casters —continuó su abogado— ha sido siempre un hombre que durante nuestros largos años de amistad me dijo que se sentía feliz entre las gentes sencillas.» El letrado centró su alegato de defensa sobre los sufrimientos humanos . de su amigo y cliente. Dijo que él había sufrido largos años de dolores de cabeza después de sus atenciones prolongadas a toda clase de enfermos en un hospital de Lieja. Se veía a las claras que el abogado Henry quería despertar la compasión entre los miembros del jurado, entre el público y ante los (jueces.
 
 «Este año, un catedrático de Medicina y Cirugía, que tiene un puesto en este hospital, aconsejó a mi cliente que tomase un descanso; pero tres días después el drama de la pequeña Corinne perturbó su vida», agregó el letrado. Describió después el dilema ante el cual quedaba el doctor Casters.
 
Dijo que por su amor a la humanidad y por su moral de médico —a pesar de su experiencia clínica— no podía contemplar el sufrimiento humano, y fue esta dulzura de carácter, esta aptitud de conmiseración —subrayó el letrado— lo que le hizo proceder de esta manera en el caso de una familia atribulada ante los sufrimientos morales de una niña deforme.
 
El abogado Henry habló durante más de una hora, y algunas veces, las lágrimas corrieron por las mejillas de más de una espectadora. Otros, hombres, y también mujeres, permanecían serios. Se advertía claramente entre el público que las opiniones en este pasaje del proceso estaban muy divididas.
 
Mañana proseguirá la vista de la causa, que empezará a las nueve de la mañana, media hora antes del momento en que han venido comenzando las anteriores sesiones. — Ernerst CALDWELL,
 
11 de Noviembre de 1962
 Los acusados del proceso de Lieja, absueltos
El jurado respondió negativamente a las siguientes preguntas del juez: «¿Es un asesinato la muerte de la niña Corinne Vandeput?»; «¿Se produjo la muerte por envenenamiento?»; «¿Es la madre culpable del delito de asesinato?»
 
LIEJA, 10. (CRÓNICA DE LA AGENCIA EFE, TRANSMITIDA POR TELETIFO POR ERNEST CALDWELL, EXCLUSIVA PARA «LA VANGUARDIA»)
 
Un terrible precedente
 
 Inexplicablemente, desde el punto de vista legal, Suzanne Coipel de Vandeput, la madre que sacrificó a su hija Corinne, de siete, días de edad, a causa de que la pequeña había nacido con la atrofia de ambos brazos, ha sido absuelta.
 
Con ella, sus cuatro cómplices, como la principal protagonista, convictos, confesos y después de haber reconocido su participación en el consejo que decidió la muerte de la deforme, también han sido absueltos.  Los delitos que se les imputaban habían sido reconocidas por los propios acusados: la madre de la niña, Suzanne Coipel de Vandeput; su marido, Jean Vandeput, de 35 años de edad; la madre de su esposa, Fernande Yerna- Coipel, de 50; su hija Monique de la Mark, de 26, y el médico de la familia, Jaeques Casters . Suzanne Coipel tenía sobre sí el peso de la acusación de haber dado muerte a su hija Corinne, administrando a la inocente pequeña una elevada dosis de jbarbitúricos, mezclados con miel y leche en un biberón, lo cual le produjo la muerte.
 
Los otros tres miembros de su familia habían sido encausados por complicidad en el hecho y ocultación del mismo. Concretamente, con la madre, el pasada mayo, cuando acababa de ser dada de alta en la Maternidad, celebraron un monstruoso «consejo de familia», en el que. en breves minutos, se decidió el sacrificio de la pequeña, «para evitarle una vida desgraciad», según ellos mismos confesaron.
 
 La única oposición La única «oposición», la única disidencia a esta condena a muerte de la pequeña dictada por parte de su propia madre y sus parientes, fue la del padre, Jean Noel Vandeput, quien, parece ser, se negó en un principio, pero ante las protestas del resto de la familia, terminó por dar su asenso a tan inhumano acuerdo.
 
El quinto encartado era el médico de la familia, el doctor Jacques Casters, de 33 años de edad, hombre nervioso, sensiblero e impresionable, que prescribió durante el embarazo de «madame» el desdichado tranquilizante «softenon», elaborado con «thalidamide », causa y origen de las deformidades de la recién nacida, en aras del menor dolor en la gestación, y que luego, después del parto, prescribió los barbitúricos que terminaron con la vida de Corinne.
 
Poco antes de que el Jurado pronunciase su veredicto, tan sensacional como evidentemente controvertible, el fiscal, en impresionante oratoria totalmente razonable, advirtió a los doce miembros del Jurado, del «terrible precedente» que crearían si dictaminasen un fallo absolutorio.
 
 Las once preguntas
 
El juez-presidente del Tribunal que ha llevado el proceso formuló once preguntas a los doce jurados, cuyas respuestas, en caso afirmativo, hubieran dado lugar a una sentencia condenatoria, y que en caso de ser respondidas negativamente —como así ha sucedido—, constituirían el fallo absolutorio.
 
Los jurados respondieron «no» a cada una de las preguntas que les formuló el juez. En la sala, un silencio impresionante. De fuera, de la plaza de Saint Lambert, sobre la que da frente el palacio de Justicia, llegaba el murmullo de una muchedumbre que sé habían acumulado en espera del veredicto.
 
 Sobre el auditorio resonaban el eco de las palabras: «Eutanasia», «terrible precedente», uno matarás», «lástima », «justicia», «monstruosidad», «responsabilidad», «millares de madres han amado más tiernamente a sus hijos en la desgracia», «ninguna madre, entre millares, ha matado a su hijo desgraciado»... Todas estas frases habían sido pronunciadas por el fiscal León Cappuys.
 
El juez, solemne, dirigiéndose al jurado, empezó a preguntarles:
 
—«¿Es un asesinato la muerte de la niña Corinne?».
 
—«No». Respondió el Jurado, por boca de su presidente.
 
—«¿Se produjo la muerte de Corinne Vandeput por envenenamiento?» prosiguió el magistrado en su trascendental interrogatorio.
 
 —«No» — repitió el Jurado.
 
—«¿Es madame Suzanne Coipel Vandeput culpable del delito mencionado en la primera pregunta?», inquirió nuevamente el presidente del tribunal al Jurado.
 
—«No», reiteró el representante de los doce jurados.
 
«No», repitió el Jurado ocho veces más. Las demás preguntas se referían a la culpabilidad de los otros cuatro acusados, cómplices en el asesinato de una niña recién nacida —según el expediente incoado por la policía— e inocentes del homicidio — según doce jurados, «elegidos por lista, entre personas de manifiesta honorabilidad».
 
Fallo ajeno a la ley. Evidentemente, los jurados han tenido más en cuenta las plañideras exclamaciones de los defensores de algo difícilmente defendible del Reino no de Bélgica y de cualquier país civilizado y, muy especialmente, con la bondad humana, el cariño maternal y los fundamentos de nuestra civilización.
 
Tras esta, escena, el presidente juez del tribunal, se dirigió a los encartados y les dijo: —«Vous etes libres, si vous n'etes pas retenus pour une autre cause». (Así viene en el original, sin tildes)
 
Libres, en fin.
 
Después, se organizó un verdadero pandemónium en la sala y fuera de ella. Los gendarmes a duras penas contenían a las gentes. Gentes histéricas, unas, que gemían por la impresión equivocada de un falso humanitarismo.
 
Otras, iracundas, decían uno es justo».
 
Una tragedia, que puede dar lugar a otras, pero para la humanidad —dijo alguien en el tumulto.
 
Originales en:
 
 
 
 
 
Agradezco a la disposición gratuita de la hemeroteca de la La Vanguardia
 
Más información y documentación en  

Se agradece la difusión citando la fuente.
 

 

 

 

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